#AñoNuevo. La Tragedia de Diana

Beso a un par de hombres tras los árboles. Otros tantos me siguen desde lejos. Y hacen el amor conmigo pero sin tocarme.

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Botero.

El parque. El pasto húmedo. El parque. Sombras que se acoplan y se pierden apoyadas entre los árboles. Botero. Los faroles titilan y nuestro caminar se va despegando un poco del suelo. La noche. Los faroles titilan y yo; yo me apoyo, lento, en el tronco de un árbol. Un árbol que esconde la silueta de miles de amantes. Amantes que frotan su suerte y su desdicha en un caminante complaciente.

Pedro Lemebel por Daniel Arzola

Nadie tras de mí; y yo, bajando las escaleras. Nadie tras de mí y una voz en off anunciando el último tren. Un último viaje. No hay gente en la estación y el guardia me espera como para apagar la luz.

La noche es otra. La noche es muy distinta tras el último escalón. La noche es muy distinta al entrar en la estación. De noche y yo sintiéndome tan solo. La noche, en un vagón vacío. La noche y yo, mirándome de frente en cada uno de los cierres de puertas. La noche es otra, otra tras el último escalón. La noche es muy distinta al salir de la estación. La risa aletargada entre el humo de las drogas y cigarros. Las putas y sus tacos, como serenatas travestidas, que cantan al desamor. Los bares; en la previa de la noche inmunda de cuerpos bien vestidos y emperifollados. El sonsonete de una misma conversación aprendida para cumplir con las expectativas del galán de turno. La noche. Me cuesta encontrarte. Me asusta encontrarte. Me inquieta encontrarte. Todos y, aún así, la noche parece tan vacía. Tu olor. Tu olor, que lo siento de lejos. No es aroma. Es olor. Y te huelo como un perro en leva que busca aparearse entre la sombra callejera. Te siento de lejos. Te veo. Bajo el signo pare y un par de neones que te dan forma. Te veo. Te hacen parecer etéreo y traslúcido. Tal vez sales del cibercafé. El mismo cibercafé de las cabinas que nos aguantaron todo. El mismo cibercafé y el metro cuadrado que guarda las huellas de tantos amores furtivos y otros tantos placeres condenados. El amor a cambio de lo que traía en el bolsillo. Tal vez vienes bajando del Santa Lucia y miro tus zapatos para saber si tienen marcas de barro. Miro tus zapatos y tus huellas esconden la sodomía express y tus amores pasajeros que tanto disfrutas.

Te encuentro. Camisa de flores rojas estampadas sobre una franela negra delgada. Mal abotonada. Y un símbolo extraño tatuado en el lado derecho de tu cuello. Un pantalón de jersey, una cuarta sobre el tobillo. Y esos mocasines de gamuza que te regalé en tu último cumpleaños. Hueles a marihuana y tus ojos clavan su mirada en mi boca. Mi boca que arde. Mi boca que no dice nada. Arrugas la frente y sonríes de lado. Nervioso. Sonríes de lado. Quisiera saber si los miras a todos de igual modo. Quisiera saber si todos te huelen como yo lo hago. El semáforo da el verde pero mi corazón preferiría quedarse en un rojo, intenso. Y contemplarte, seguro, desde la vereda del frente. La pileta me salpica la cara. La noche quiere mantenerme despierto. Camino como en un campo minado. Y la calle es eterna al cruzarla. Escapo del acecho ambulante de los vendedores que regatean sus trapos viejos imponiendo modas. Focault, Marx y Lemebel se asoman desde una sábana vieja y se pierden en la noche despejada. Por quinientos putos pesos puedes ser chic y revolucionario. Dicen que las modas vuelven. Y tú, esta noche vuelves.

Cruzan la calle. Ellos. Ellos nos miran. Nosotros nos detenemos a esperar una nueva luz verde, después de un beso cómplice en la cara. Ellos. Ellos nos miran. Ellos separan asustados sus manos. Ellos nos miran. Y si algún inquisidor me obligara; confesaría la necesidad de mantener tu mejilla apoyada en la mía. Te beso. Te huelo. El callejón nos toma la mano. El callejón te deja recorrer mi espalda. Te beso. Te huelo. Me detengo. Te encuentro. Hueles como antes. Miras como me miraste antes. La noche. Y las calles alumbran como esa última vez. Desde lejos. Otra esquina. El museo. De día Bellas Artes. De noche; el actuar clandestino de un polvo fugaz. De amores con nombres inventados. De un amante que se cruzó en el camino. La noche. El parque. El pasto húmedo. El parque. Sombras que se acoplan y se pierden apoyadas entre los árboles. Botero. Los faroles titilan y nuestro caminar se va despegando un poco del suelo. La noche. Los faroles titilan y yo; yo me apoyo lento en el tronco de un árbol. Un árbol que esconde la silueta de miles de amantes. Amantes que frotan su suerte y su desdicha en un caminante complaciente. Resiliencia. Me gusta pensar que es ese mismo árbol. La corteza roza mis brazos. Tú y tu camisa de franela rozan el resto. Tú; camisa de franela y pantalones de jersey. Tú. Tu olor. Marihuana. Los dos. La noche. El parque. Los dos, como bestias. Libido. La gente. La gente anda. La gente no se detiene. Nosotros. Nosotros no nos preocupamos de mirarla. Igual que la primera vez. La noche. La misma suerte. Los dos. El árbol. El parque. Botero. Me subo el cierre. Abotonas mal tu camisa de franela. Te beso. Y rozo tu tatuaje con la punta de mis dedos. La gente. El parque. Te huelo. Te miro alejarte. Camino en sentido contrario. La noche. Tú y yo; buscando un nuevo amante.

Diego Arriagada Mena. Crónicas 2019. Colectivo Mar y Cueca.